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Archivo de la etiqueta: Lola Nieto

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Posfacio de Raúl Quinto / Marzo 2014 / 120 pp / 8,00€

alambres es el primer libro de Lola Nieto (Barcelona, 1985) y es el poemario con el que se inaugura la colección Púlsar de la editorial Kriller71. alambres propone un texto bifurcado que explora una geografía existencial en dos lenguajes complementarios y atentos a las fisuras que se abren en el lenguaje y en el pensamiento cuando éstos son removidos por la atención indagadora. “Aquí se lee un cuento oscuro sobre el propio lenguaje, aquí hay un mito antiguo, visceral y femenino que araña los ojos. Dentro de estas páginas está el miedo y el asombro, y los jirones de un mundo que sólo puede nombrarse en la fractura.” Raúl Quinto

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Recuerdo que estoy en casa de mi abuela. En el baño. Tengo siete años. Termino y miro el interior del hueco de la taza. Observo mis heces y su forma. A veces es un pájaro, otras un barco o una casa, un árbol con hojas o sin hojas, depende, a veces incluso un tenedor o un zapato. Le digo a mi abuela mira me ha salido una jirafa. Me dice no seas cochina. Nunca más le enseño mis heces. A nadie.

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Mi órgano pensante es el intestino. Intestinal es mi contacto con el mundo. Escribo y defeco y no son actos distintos.

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Links:

alambres en La Galla Ciencia

alambres en Revista Vísperas, por Ruth Llana

alambres en PlayGround

alambres en Paradojas del conserje

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Lola Nieto (Barcelona, 1985) es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona y cursó un año de estudios en París. Actualmente, realiza una tesis doctoral y trabaja como profesora de lengua y literatura. Forma parte del consejo de redacción de la revista Kokoro, donde colabora habitualmente. Ha escrito artículos de crítica literaria que han aparecido en revistas como Sesión no numerada, Calidoscopio, Ómnibus, Las Nubes o Contrastes.

A pocos días del lanzamiento de su primer libro, alambres, (título inicial de la colección de poesía joven Púlsar, que codirige en Kriller71 Ediciones junto con Antonio F. Rodríguez y Laia López Manrique, con quienes también edita la revista electrónica Kokoro), conversamos con Lola Nieto sobre escritura, refugios, influencias, cine & amistad. Aquí el resultado.

KR: —¿Quién es Lola Nieto? ¿Qué nos podrías contar de ti?

DSC01701LN: —Es una pregunta difícil. ¿Quién soy? ¿Quiénes somos? Una pregunta difícil o quizá mucho más sencilla de lo que habitualmente pensamos. Porque en definitiva ni somos tan especiales, ni tan únicos, ni tan diferentes unos de otros. Por el contrario, nos hacen sentir bien prácticamente las mismas cosas y esas cosas no son tantas ni son tan extrañas. Una caricia. Sentir que existimos para alguien. La ternura. Con eso acaso quizá basta. Y el resto es circunstancial. Saber que hay un lugar donde esconderse con otro, con otros. Es animal. Una prioridad animal y del cuerpo. Para mí si la guarida existe, el resto es soportable. Y el resto, por el momento, es mi trabajo de profesora en un instituto, mi terquedad por ser capaz de mostrar a mis alumnos lugares de protección, escondites, como pueden ser la lectura, el cine o cualquier otra cosa. Cada uno debe encontrar sus refugios, pero debe encontrarlos, vivir siempre a la intemperie es complicado. Transmitir eso es difícil, transmitir cualquier cosa lo es. Pero me gusta intentarlo.

KR: —En ese paisaje: ¿la escritura poética es para ti refugio o intemperie? Lo pregunto porque en principio parece tratarse de un acto voluntario, una guarida donde el yo puede cobijarse de otras instancias, pero también entraña un despojamiento. ¿Cómo llegaste a ella?

LN: —Para mí, escribir es buscar situarme en una membrana, habitar un espacio entreverado,  experimentar una especie de desdoblamiento gozoso. Sin querer, cuando estoy escribiendo me distancio progresivamente de eso que habitualmente llamamos yo, el personaje que construyo como técnica de supervivencia cotidiana, y me aproximo a otra cosa que no sé muy bien qué es. Me desprendo de mí al ritmo que escribo y hay algo entonces que emerge lento. Eso otro sigo siendo yo pero ya no es mío. Experimentar eso, ese otro estado que soy yo y ya no soy yo es lo que más me gusta de escribir. Creo que tiene relación con el juego. Cuando un niño juega es él pero hace ver que es otro. Hace ver que es un pirata o un mago. Se sitúa en un espacio donde dos cosas se mezclan: ni es él ni no es él. El juego es lúdico pero también es muy serio, un niño se compromete en el juego. Cuando era pequeña acostumbraba a jugar sola. Creo que escribir es una forma de jugar sola. De seguir jugando.

KR: —Y en ese juego, ¿cómo se dio que tomaras la distancia necesaria para decidir que allí había algo que ya no era solamente tuyo, sino que podía asumir la forma de libro y ser proyectado hacia esa hipótesis que representa el otro?

LN: —En realidad desde que empecé a escribir alambres siempre hubo otra persona, un receptor. La escritura de estos poemas fue, supongo, casi a la inversa, en este sentido. Es algo curioso. Había lector pero no había texto. Y por eso, como una apuesta, un juego, un reto, surgió el impulso de escribir con un propósito: escribir algo de principio a fin, sin dejarlo a medias, sin abandonar. El pacto fue doble, porque al tiempo que yo escribía, la otra persona con la que trabé el juego también escribía su propio texto. Al final del día nos contábamos, pero ninguno leyó nada del otro hasta que los dos textos estuvieron acabados. Entonces nos los intercambiamos y los leímos a la vez, cada uno el del otro. Fue un mismo proceso de escritura paralela, cada uno escribía algo propio y diferente pero estábamos acompañados. Escribir requiere estar solo y está bien que sea así, pero no es lo mismo escribir sabiendo que hay alguien esperando, alguien a quien vas a poder comunicar. Para mí, esa diferencia fue decisiva. Luego el texto pasó a otros amigos y poco a poco llegó hasta aquí.

KR: —Quería preguntarte ahora sobre el sustrato de tu libro. Por una parte, si tenías una idea previa, un concepto o marco teórico sobre el que ir edificándolo, y, por otra, si podrías identificar las lecturas que pueden haberte fortalecido a la hora de buscar tu propia voz poética.

LN: —No, cuando empecé a escribir no tenía un marco previo, ni una idea muy definida de qué quería hacer. Empecé a escribir para cumplir el pacto. Y poco a poco, según iba escribiendo, todo fue tomando cuerpo. Al principio, por ejemplo, pensé que la primera y la segunda parte iban a ser dos cosas diferentes. No las relacioné hasta que pasó un tiempo y me di cuenta de que estaba escribiendo prácticamente lo mismo pero en dos registros distintos. Creía que iban a ser textos independientes y en parte lo eran, pero curiosamente también eran el mismo texto. Así que decidí yuxtaponer ambas escrituras. A partir de ese momento, continué escribiendo sabiendo que iban a estar juntas y separadas, contrapuestas, iguales y diferentes, como dos maneras de decir lo mismo. En este punto recordé las películas de Apichatpong Weerasethakul, un cineasta tailandés que me parece fascinante. En la mayoría de sus películas, Blissfully Yours, Tropical Malady o Syndromes and a Century, la cinta se divide en dos partes; más que eso, cuando llega la mitad del metraje, la película vuelve a empezar pero la historia se cuenta desde otro punto de vista, desde otro registro, desde otro contexto. La primera y la segunda parte de las películas de Apichatpong Weerasethakul son dos films y son uno, cuentan dos veces lo mismo pero siempre es distinto. Esa experiencia, la del visionado de sus películas, creo que estuvo desde el principio aunque lo supe algo más tarde. Entonces fue como un experimento: hacer con las palabras aquello. Hace algunos años empecé a ver cine y creo que para mí es tan importante como leer. O más. Algunos cineastas, sobre todo asiáticos, como Apichatpong pero también Tsai Ming Liang, Raya Martin, Lav Díaz, Naomi Kawase, hacen con la cámara cosas que no he encontrado en escritura y que tampoco he visto en el cine europeo o americano. Hay una sutileza extraña, una manera de hablar desde otras coordenadas. Aunque hay excepciones, claro. Chantal Akerman, Antonioni, Godard, Bresson, Tarkovski, Béla Tarr, Pedro Costa, João César Monteiro, Artur Aristakisyan o Paz Encina son realizadores que también me interesan mucho. En cuanto a las lecturas, diría que hay libros que son importantes para mí, pero más que para escribir para vivir. Luego con todo eso, con lo visto, leído, escuchado, empieza a formarse una mezcla extraña, una mezcla que es en realidad una manera particular de entender y apropiarse de otras voces, y de esa apropiación a veces surge algo, de esa manera particular de trenzar otros ritmos. Para mí, hasta ahora esos ritmos son Artaud, El gran cuaderno de Agota Kristof, El hombre jazmín de Unica Zürn, 4.48 Psicosis de Sarah Kane, Derrida, El muro de Marlen Haushofer, Michaux, Beckett, La casa de la Infancia de Marie Luise Kaschnitz, Clarice Lispector, Emily Dickinson, Chantal Maillard, los cómics Mushishi de Yuki Urushibara o Espirales de Junji Ito.

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KR: —En todo caso esa mezcla abre paso a una sensibilidad donde, como en Lispector o en Kristof, la ternura y la crueldad parecen resolverse en un pathos casi neutro, como el de un niño que mirase su propia vida a través de un microscopio —especialmente en la segunda parte de alambres. ¿Crees que ese registro, en el que la curiosidad se antepone al dolor y a la alegría, pueda suponer un diferencial entre tu trabajo y el que conocemos de otr@s poetas de tu generación a través de antologías y poemarios o encuentras afinidades con otr@s poetas de tu edad?

LN: —En la segunda parte de alambres una de las cosas que me propuse fue intentar hablar desde la primera persona pero huyendo de lo que significa la primera persona. Contrarrestar la identificación del que habla con lo que llamamos yo y buscar puntos neutros, objetivos. La objetividad es imposible si pensamos que nuestro sistema perceptivo es inevitablemente subjetivo. No puedo saber cómo ves tú, cómo oyes tú, por tanto, no puedo percibir el mundo como tú, tan sólo puedo percibir el mundo como yo, a partir de mi sistema de sentidos. Es difícil saber si tú y yo percibimos el mundo igual, así que por precaución diré que mi manera de percibir el mundo es subjetiva. Ahora bien, es cierto que a esta subjetividad se le pueden añadir cosas: los prejuicios, la educación de la mirada en la que nos instruyen desde pequeños y que nos hace sentir asco si vemos una rata o una cucaracha, por ejemplo. ¿Por qué una cucaracha da asco? No sé, nos han enseñado que da asco y por supuesto nos da asco. Creo que la voz narrativa de El gran cuaderno de Agota Kristof trata de deshacer esos prejuicios, trata de ver las cosas como son sin añadir más, tan sólo lo que nuestros ojos ven, no lo que la mente piensa a partir de lo que los ojos ven. Además de la novela de Kristof para mí fueron también muy importantes los diarios de Chantal Maillard, que están atravesados por la figura del observador, un particular desdoblamiento del sujeto. Maillard traza mediante la escritura un espacio entre sí misma. Mientras una parte del yo sigue viviendo como acostumbramos a vivir, identificándose con lo que piensa y siente, la otra mitad (el observador) se distancia, se desidentifica de sí para verse actuar desde una posición neutra y objetiva. Tanto el narrador de Kristof como el observador de Maillard son inocentes en el sentido etimológico de la palabra. Su manera de mirar el mundo está por encima o por debajo del sistema moral. No hay bien ni hay mal. Las cosas no se juzgan desde ahí. Las cosas, de hecho, no se juzgan. Las cosas se ven. Sin más. Y en ese punto se cruzan con la mirada de los niños, y con el haiku. De ahí la tremenda crueldad de la que a veces culpamos a los niños. No son crueles ni bondadosos, inocentes sí, si entendemos que ser inocente es vivir prescindiendo de moral, la moral judeo-cristiana que nos inculcan conforme crecemos.

SANYO DIGITAL CAMERAEn cuanto a la segunda parte de la pregunta, debo confesar una carencia: no he leído muchos de los poemarios o antologías en las que aparecen textos de autores jóvenes. De hecho, he leído pocos de esos libros. Es un problema que reconozco pero prefiero ser sincera antes de responder. Poco a poco quiero ir conociendo más. Por ahora puedo decir que hay voces que me interesan pero no leo en función de la generación, voy saltando persiguiendo escrituras que jueguen con el lenguaje, que lo desmenucen y que de ese trabajo con el lenguaje hagan surgir otros mundos. En poesía eso es lo que me interesa, independientemente de la edad del autor y de su procedencia.

KR: —¿Has seguido escribiendo después de terminar alambres? ¿Cómo imaginas tu próximo libro?

LN: —Bueno, la verdad es que la Revista Kokoro, que hacemos con Laia López Manrique y Antonio F. Rodríguez, es una excusa perfecta para cada poco ponerse a pensar en algo y no perder la costumbre de escribir. Creo que a escribir se aprende escribiendo y las ideas llegan cuando estás dentro, en el momento de la práctica. Sólo así, mientras escribes, pueden llegar cosas a veces interesantes y otras veces no tan interesantes… Pero para mí lo importante es quitarme la pereza y ponerme delante del papel. Lo que pueda salir de estas tentativas lo desconozco. Lo que me gusta es ponerme a escribir e intentar investigar, buscar, rastrear, sondear… El tiempo de la escritura para mí es siempre placentero. Aunque a veces escribir te enfrenta a experiencias no tan gozosas, la escritura de eso siempre tiene algo placentero, sea porque funciona como una catarsis o por el plus estético, la sensación de estar haciendo algo, de construir y vivir ese proceso. La obsesión es otra de las consecuencias que me gustan. Cuando no puedes dejar de pensar en cómo decir eso que quieres decir y buscas en libros, películas, catálogos de arte y al final aprendes otras muchas cosas que no hubieras imaginado y aquello que lo motivó ya está lejos, ahora quieres decir otra cosa. Escribir es un método de aprendizaje. Y también una forma de mantener la ilusión y, en definitiva, de ocupar el tiempo y hacerlo agradable. Vivir al final consiste en eso: ocupar nuestro tiempo de la manera más agradable posible y para eso hay que construir pequeñas ficciones que nosotros mismos nos creamos y en las que creemos, al menos por un tiempo. Para mí escribir es una ficción (una ficción seria), algo en lo que creo mientras lo estoy haciendo, algo por tanto que me ayuda a vivir y a hacer de ello una cuestión agradable.

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oct2013YA ES POSIBLE REALIZAR LA SUSCRIPCIÓN para recibir los nueve títulos que Kriller71 Ediciones publicará en el 2014. Iniciaremos con la antología poética del poeta peruano Rafael Espinosa (La regata de las comisuras) y, en los siguientes meses, aparecerán también la antología poética bilingüe de Charles Bernstein que Enrique Winter nos ha preparado; Resonancia, la presentación del también nortemaricano Richard Jackson que nos llegará de la mano de su traductora, Marta del Pozo, y presentado por Tomaž Šalamun; el lanzamiento de la colección de poesía jóven española Púlsar, dentro de la cual ofreceremos Alambres, el primer poemario de Lola Nieto; el regreso de la poeta argentina Carolina Jobbágy con Historia clínica; la confirmación del festejado Antidio Cabal, en este caso con sus singularísmos Epitafios y tres títulos poesía contemporánea brasileña: Cuando todos los accidentes suceden, de Manoel Ricardo de Lima (con prefacio de Fruela Fernández), La mitad del arte, de Marcos Siscar, presentado por Edgardo Dobry y finalmente Ciclo del amante sustituible, de Ricardo Domeneck, de la mano de Eduard Escoffet.

El precio de la suscripción anual para recibir los nueve libros que publicaremos en el 2014 es de 50 euros e incluye gastos de envío para España. ¡Que la disfruten!