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Archivo de la etiqueta: Poesía española

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Posfacio de Raúl Quinto / Marzo 2014 / 120 pp / 8,00€

alambres es el primer libro de Lola Nieto (Barcelona, 1985) y es el poemario con el que se inaugura la colección Púlsar de la editorial Kriller71. alambres propone un texto bifurcado que explora una geografía existencial en dos lenguajes complementarios y atentos a las fisuras que se abren en el lenguaje y en el pensamiento cuando éstos son removidos por la atención indagadora. “Aquí se lee un cuento oscuro sobre el propio lenguaje, aquí hay un mito antiguo, visceral y femenino que araña los ojos. Dentro de estas páginas está el miedo y el asombro, y los jirones de un mundo que sólo puede nombrarse en la fractura.” Raúl Quinto

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Recuerdo que estoy en casa de mi abuela. En el baño. Tengo siete años. Termino y miro el interior del hueco de la taza. Observo mis heces y su forma. A veces es un pájaro, otras un barco o una casa, un árbol con hojas o sin hojas, depende, a veces incluso un tenedor o un zapato. Le digo a mi abuela mira me ha salido una jirafa. Me dice no seas cochina. Nunca más le enseño mis heces. A nadie.

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Mi órgano pensante es el intestino. Intestinal es mi contacto con el mundo. Escribo y defeco y no son actos distintos.

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Links:

alambres en La Galla Ciencia

alambres en Revista Vísperas, por Ruth Llana

alambres en PlayGround

alambres en Paradojas del conserje

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Lola Nieto (Barcelona, 1985) es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona y cursó un año de estudios en París. Actualmente, realiza una tesis doctoral y trabaja como profesora de lengua y literatura. Forma parte del consejo de redacción de la revista Kokoro, donde colabora habitualmente. Ha escrito artículos de crítica literaria que han aparecido en revistas como Sesión no numerada, Calidoscopio, Ómnibus, Las Nubes o Contrastes.

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A pocos días del lanzamiento de su primer libro, alambres, (título inicial de la colección de poesía joven Púlsar, que codirige en Kriller71 Ediciones junto con Antonio F. Rodríguez y Laia López Manrique, con quienes también edita la revista electrónica Kokoro), conversamos con Lola Nieto sobre escritura, refugios, influencias, cine & amistad. Aquí el resultado.

KR: —¿Quién es Lola Nieto? ¿Qué nos podrías contar de ti?

DSC01701LN: —Es una pregunta difícil. ¿Quién soy? ¿Quiénes somos? Una pregunta difícil o quizá mucho más sencilla de lo que habitualmente pensamos. Porque en definitiva ni somos tan especiales, ni tan únicos, ni tan diferentes unos de otros. Por el contrario, nos hacen sentir bien prácticamente las mismas cosas y esas cosas no son tantas ni son tan extrañas. Una caricia. Sentir que existimos para alguien. La ternura. Con eso acaso quizá basta. Y el resto es circunstancial. Saber que hay un lugar donde esconderse con otro, con otros. Es animal. Una prioridad animal y del cuerpo. Para mí si la guarida existe, el resto es soportable. Y el resto, por el momento, es mi trabajo de profesora en un instituto, mi terquedad por ser capaz de mostrar a mis alumnos lugares de protección, escondites, como pueden ser la lectura, el cine o cualquier otra cosa. Cada uno debe encontrar sus refugios, pero debe encontrarlos, vivir siempre a la intemperie es complicado. Transmitir eso es difícil, transmitir cualquier cosa lo es. Pero me gusta intentarlo.

KR: —En ese paisaje: ¿la escritura poética es para ti refugio o intemperie? Lo pregunto porque en principio parece tratarse de un acto voluntario, una guarida donde el yo puede cobijarse de otras instancias, pero también entraña un despojamiento. ¿Cómo llegaste a ella?

LN: —Para mí, escribir es buscar situarme en una membrana, habitar un espacio entreverado,  experimentar una especie de desdoblamiento gozoso. Sin querer, cuando estoy escribiendo me distancio progresivamente de eso que habitualmente llamamos yo, el personaje que construyo como técnica de supervivencia cotidiana, y me aproximo a otra cosa que no sé muy bien qué es. Me desprendo de mí al ritmo que escribo y hay algo entonces que emerge lento. Eso otro sigo siendo yo pero ya no es mío. Experimentar eso, ese otro estado que soy yo y ya no soy yo es lo que más me gusta de escribir. Creo que tiene relación con el juego. Cuando un niño juega es él pero hace ver que es otro. Hace ver que es un pirata o un mago. Se sitúa en un espacio donde dos cosas se mezclan: ni es él ni no es él. El juego es lúdico pero también es muy serio, un niño se compromete en el juego. Cuando era pequeña acostumbraba a jugar sola. Creo que escribir es una forma de jugar sola. De seguir jugando.

KR: —Y en ese juego, ¿cómo se dio que tomaras la distancia necesaria para decidir que allí había algo que ya no era solamente tuyo, sino que podía asumir la forma de libro y ser proyectado hacia esa hipótesis que representa el otro?

LN: —En realidad desde que empecé a escribir alambres siempre hubo otra persona, un receptor. La escritura de estos poemas fue, supongo, casi a la inversa, en este sentido. Es algo curioso. Había lector pero no había texto. Y por eso, como una apuesta, un juego, un reto, surgió el impulso de escribir con un propósito: escribir algo de principio a fin, sin dejarlo a medias, sin abandonar. El pacto fue doble, porque al tiempo que yo escribía, la otra persona con la que trabé el juego también escribía su propio texto. Al final del día nos contábamos, pero ninguno leyó nada del otro hasta que los dos textos estuvieron acabados. Entonces nos los intercambiamos y los leímos a la vez, cada uno el del otro. Fue un mismo proceso de escritura paralela, cada uno escribía algo propio y diferente pero estábamos acompañados. Escribir requiere estar solo y está bien que sea así, pero no es lo mismo escribir sabiendo que hay alguien esperando, alguien a quien vas a poder comunicar. Para mí, esa diferencia fue decisiva. Luego el texto pasó a otros amigos y poco a poco llegó hasta aquí.

KR: —Quería preguntarte ahora sobre el sustrato de tu libro. Por una parte, si tenías una idea previa, un concepto o marco teórico sobre el que ir edificándolo, y, por otra, si podrías identificar las lecturas que pueden haberte fortalecido a la hora de buscar tu propia voz poética.

LN: —No, cuando empecé a escribir no tenía un marco previo, ni una idea muy definida de qué quería hacer. Empecé a escribir para cumplir el pacto. Y poco a poco, según iba escribiendo, todo fue tomando cuerpo. Al principio, por ejemplo, pensé que la primera y la segunda parte iban a ser dos cosas diferentes. No las relacioné hasta que pasó un tiempo y me di cuenta de que estaba escribiendo prácticamente lo mismo pero en dos registros distintos. Creía que iban a ser textos independientes y en parte lo eran, pero curiosamente también eran el mismo texto. Así que decidí yuxtaponer ambas escrituras. A partir de ese momento, continué escribiendo sabiendo que iban a estar juntas y separadas, contrapuestas, iguales y diferentes, como dos maneras de decir lo mismo. En este punto recordé las películas de Apichatpong Weerasethakul, un cineasta tailandés que me parece fascinante. En la mayoría de sus películas, Blissfully Yours, Tropical Malady o Syndromes and a Century, la cinta se divide en dos partes; más que eso, cuando llega la mitad del metraje, la película vuelve a empezar pero la historia se cuenta desde otro punto de vista, desde otro registro, desde otro contexto. La primera y la segunda parte de las películas de Apichatpong Weerasethakul son dos films y son uno, cuentan dos veces lo mismo pero siempre es distinto. Esa experiencia, la del visionado de sus películas, creo que estuvo desde el principio aunque lo supe algo más tarde. Entonces fue como un experimento: hacer con las palabras aquello. Hace algunos años empecé a ver cine y creo que para mí es tan importante como leer. O más. Algunos cineastas, sobre todo asiáticos, como Apichatpong pero también Tsai Ming Liang, Raya Martin, Lav Díaz, Naomi Kawase, hacen con la cámara cosas que no he encontrado en escritura y que tampoco he visto en el cine europeo o americano. Hay una sutileza extraña, una manera de hablar desde otras coordenadas. Aunque hay excepciones, claro. Chantal Akerman, Antonioni, Godard, Bresson, Tarkovski, Béla Tarr, Pedro Costa, João César Monteiro, Artur Aristakisyan o Paz Encina son realizadores que también me interesan mucho. En cuanto a las lecturas, diría que hay libros que son importantes para mí, pero más que para escribir para vivir. Luego con todo eso, con lo visto, leído, escuchado, empieza a formarse una mezcla extraña, una mezcla que es en realidad una manera particular de entender y apropiarse de otras voces, y de esa apropiación a veces surge algo, de esa manera particular de trenzar otros ritmos. Para mí, hasta ahora esos ritmos son Artaud, El gran cuaderno de Agota Kristof, El hombre jazmín de Unica Zürn, 4.48 Psicosis de Sarah Kane, Derrida, El muro de Marlen Haushofer, Michaux, Beckett, La casa de la Infancia de Marie Luise Kaschnitz, Clarice Lispector, Emily Dickinson, Chantal Maillard, los cómics Mushishi de Yuki Urushibara o Espirales de Junji Ito.

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KR: —En todo caso esa mezcla abre paso a una sensibilidad donde, como en Lispector o en Kristof, la ternura y la crueldad parecen resolverse en un pathos casi neutro, como el de un niño que mirase su propia vida a través de un microscopio —especialmente en la segunda parte de alambres. ¿Crees que ese registro, en el que la curiosidad se antepone al dolor y a la alegría, pueda suponer un diferencial entre tu trabajo y el que conocemos de otr@s poetas de tu generación a través de antologías y poemarios o encuentras afinidades con otr@s poetas de tu edad?

LN: —En la segunda parte de alambres una de las cosas que me propuse fue intentar hablar desde la primera persona pero huyendo de lo que significa la primera persona. Contrarrestar la identificación del que habla con lo que llamamos yo y buscar puntos neutros, objetivos. La objetividad es imposible si pensamos que nuestro sistema perceptivo es inevitablemente subjetivo. No puedo saber cómo ves tú, cómo oyes tú, por tanto, no puedo percibir el mundo como tú, tan sólo puedo percibir el mundo como yo, a partir de mi sistema de sentidos. Es difícil saber si tú y yo percibimos el mundo igual, así que por precaución diré que mi manera de percibir el mundo es subjetiva. Ahora bien, es cierto que a esta subjetividad se le pueden añadir cosas: los prejuicios, la educación de la mirada en la que nos instruyen desde pequeños y que nos hace sentir asco si vemos una rata o una cucaracha, por ejemplo. ¿Por qué una cucaracha da asco? No sé, nos han enseñado que da asco y por supuesto nos da asco. Creo que la voz narrativa de El gran cuaderno de Agota Kristof trata de deshacer esos prejuicios, trata de ver las cosas como son sin añadir más, tan sólo lo que nuestros ojos ven, no lo que la mente piensa a partir de lo que los ojos ven. Además de la novela de Kristof para mí fueron también muy importantes los diarios de Chantal Maillard, que están atravesados por la figura del observador, un particular desdoblamiento del sujeto. Maillard traza mediante la escritura un espacio entre sí misma. Mientras una parte del yo sigue viviendo como acostumbramos a vivir, identificándose con lo que piensa y siente, la otra mitad (el observador) se distancia, se desidentifica de sí para verse actuar desde una posición neutra y objetiva. Tanto el narrador de Kristof como el observador de Maillard son inocentes en el sentido etimológico de la palabra. Su manera de mirar el mundo está por encima o por debajo del sistema moral. No hay bien ni hay mal. Las cosas no se juzgan desde ahí. Las cosas, de hecho, no se juzgan. Las cosas se ven. Sin más. Y en ese punto se cruzan con la mirada de los niños, y con el haiku. De ahí la tremenda crueldad de la que a veces culpamos a los niños. No son crueles ni bondadosos, inocentes sí, si entendemos que ser inocente es vivir prescindiendo de moral, la moral judeo-cristiana que nos inculcan conforme crecemos.

SANYO DIGITAL CAMERAEn cuanto a la segunda parte de la pregunta, debo confesar una carencia: no he leído muchos de los poemarios o antologías en las que aparecen textos de autores jóvenes. De hecho, he leído pocos de esos libros. Es un problema que reconozco pero prefiero ser sincera antes de responder. Poco a poco quiero ir conociendo más. Por ahora puedo decir que hay voces que me interesan pero no leo en función de la generación, voy saltando persiguiendo escrituras que jueguen con el lenguaje, que lo desmenucen y que de ese trabajo con el lenguaje hagan surgir otros mundos. En poesía eso es lo que me interesa, independientemente de la edad del autor y de su procedencia.

KR: —¿Has seguido escribiendo después de terminar alambres? ¿Cómo imaginas tu próximo libro?

LN: —Bueno, la verdad es que la Revista Kokoro, que hacemos con Laia López Manrique y Antonio F. Rodríguez, es una excusa perfecta para cada poco ponerse a pensar en algo y no perder la costumbre de escribir. Creo que a escribir se aprende escribiendo y las ideas llegan cuando estás dentro, en el momento de la práctica. Sólo así, mientras escribes, pueden llegar cosas a veces interesantes y otras veces no tan interesantes… Pero para mí lo importante es quitarme la pereza y ponerme delante del papel. Lo que pueda salir de estas tentativas lo desconozco. Lo que me gusta es ponerme a escribir e intentar investigar, buscar, rastrear, sondear… El tiempo de la escritura para mí es siempre placentero. Aunque a veces escribir te enfrenta a experiencias no tan gozosas, la escritura de eso siempre tiene algo placentero, sea porque funciona como una catarsis o por el plus estético, la sensación de estar haciendo algo, de construir y vivir ese proceso. La obsesión es otra de las consecuencias que me gustan. Cuando no puedes dejar de pensar en cómo decir eso que quieres decir y buscas en libros, películas, catálogos de arte y al final aprendes otras muchas cosas que no hubieras imaginado y aquello que lo motivó ya está lejos, ahora quieres decir otra cosa. Escribir es un método de aprendizaje. Y también una forma de mantener la ilusión y, en definitiva, de ocupar el tiempo y hacerlo agradable. Vivir al final consiste en eso: ocupar nuestro tiempo de la manera más agradable posible y para eso hay que construir pequeñas ficciones que nosotros mismos nos creamos y en las que creemos, al menos por un tiempo. Para mí escribir es una ficción (una ficción seria), algo en lo que creo mientras lo estoy haciendo, algo por tanto que me ayuda a vivir y a hacer de ello una cuestión agradable.

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Como preparación para el lanzamiento de “Epitafios”, el curiosísimo libro del no menos particular Antidio Cabal que Kriller71 publicará en 2014, conversamos con quien nos descubriera esta joya, el también poeta (y también canario) Antonio Jiménez Paz.

KR: —Antonio, tú que nos has hecho conocer el libro “Epitafios” y que nos has ofrecido la posibilidad de editarlo ¿podrías explicarnos quién fue Antidio Cabal?

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Antonio Jiménez Paz

AJP: — Me complica la vida responder a una pregunta tan fácil y sencilla en su formulación como esta que me haces, Aníbal, quién fue Antidio Cabal. Y no porque no lo sepa, más bien porque sé demasiado de él y me cuesta mucho despacharla en tan breve espacio. Mira, es uno de esos grandes personajes casi desconocidos que a medida que vas recibiendo noticias suyas de ninguna manera puede dejarte indiferente. Si no es por un motivo es por otro. En Antidio encontraremos un incansable activista cultural, un denodado editor de las obras de los demás, un lúcido ensayista y arriesgado pensador, en fin, un poeta singular diferenciado de cualquier otro, lo que ya es muy difícil. Antidio Cabal fue -y de alguna manera sigue siéndolo- un personaje inabarcable, con una sabiduría abrumadora, tanto, que tras una simple frase suya conversacional se adivinaba -la más banal incluso- una sobrecarga de experiencia y conocimiento culturales fuera de lo común, dueño de unas sutilezas y clarividencias extraordinarias. Mientras hablabas con él no hacías más que aprender, entender lo que nunca habías entendido, un día tras otro, inagotable. Los conocimientos viejos los convertía en nuevos, lo blanco en negro, lo complejo en simple, y viceversa. Como conversador era un encantador de serpientes, no decaía, te mantenía en vilo, sobre todo porque nunca lo dicho quedaba totalmente dicho, expresado, siempre tenía datos o sugerencias que añadir. Otra forma de decirlo: cuando yo lo conocí, descubrí que Antidio hablaba como escribía, o escribía como hablaba. Eso me sorprendió mucho. Era como si tuvieras delante de tus narices a la poesía misma charlando contigo, personificada. Una sensación extraña, todo sea dicho; pero no por extraña menos gozosa. Antidio Cabal nació en 1925 en Gran Canaria, una de las dos islas capitalinas de las Islas Canarias. Cuando yo supe de él fue en 2000, año en el que apareció en una colección institucional canaria el que vendría a ser su primer libro publicado en España, Campo nublo -un libro central en toda su obra, como sabría después-, y con el que me topé un buen día en una librería local, así de sopetón, sin referencias de ningún tipo. Aquí no había noticias de él, había desaparecido de España, muy joven. Mucho más tarde, en una entrevista periodística, él mismo resume y desvela su periplo: “En 1947 me fui a Madrid, donde comencé a estudiar Ciencias Políticas y Filosofía y Letras. Mi intención era irme a Alemania para completar los estudios de Filosofía, no quería seguir en España, ni hacer el servicio militar. En definitiva, no quería ser un soldado de Franco. Pero regresé a Las Palmas por presiones de mi familia, al llegar me encontré en una ratonera. Así que un poco desesperadamente tomé la decisión de meterme en uno de aquellos veleros que iban a Venezuela. Pensé en estar allí tres o cuatro años, porque no tenía espíritu de emigrante. Sin embargo, al llegar vi que no podía volver porque aquí me esperaba un castigo militar. Cuando llegué a Venezuela se encontraban en plena dictadura, estuve cinco meses, de los cuales cuatro los pasé detenido. Cuando salí del país quería irme de leñador a Canadá o como marino, quería hacer dinero para después escribir. Sin embargo, me trasladé a Costa Rica porque era lo que tenía más a mano, era un país verde, sin ejército y poco poblado. Mi intención no era establecerme, pero cuando bajé del avión, en el mismo aeropuerto, lo vi tan verde y tan blanco que sentí como si la naturaleza me hubiera recetado una cura y me fui quedando”. Pero Venezuela no fue un lugar de paso, allí se radicó por largas temporadas, donde culmina sus estudios en Filosofía y ejerce como profesor de una de sus universidades más importantes. Allí, entre otros, coincide con Ernesto Cardenal, quienes se hacen amigos. Cardenal habla de Antidio en uno de los tomos de sus memorias. Y es que Antidio -aquí empieza a desvelarse el Antidio oculto del que apenas se sabe o se sabía nada- fue el impulsor yeditor de las primeras obras del hoy tan familiar poeta Ernesto Cardenal: de El Evangelio de Solentiname, Oráculo sobre Managua y Canto al Frente Sandinista de Liberación Nacional. Y de la antología que recogía su primera obra fue el prologuista. Sea donde esté, donde resida, en Venezuela o en Costa Rica, Antidio Cabal dio prioridad a la labor difusora de los demás, levantando de la nada revistas o editoriales que favorecieran estos intereses suyos. En Costa Rica, donde también ejerció como profesor universitario de filosofía hasta su jubilación, llevó al extremo esta labor: no solo fue miembro fundador de las hoy dos más importantes editoriales institucionales del país, sino que impulsó otra por su cuenta, Ediciones Oro y Barro, en la que se dedicó a publicar a algunos poetas importantes en la tradición literaria del país, sobre todo los de la generación del cincuenta, la denominada allí como “generación perdida”… ¿Pero no era él uno de los que debía formar parte de ella como poeta? Si esto era así, ¿dónde estaban sus libros? Hasta entonces había publicado puntualmente tres libros en Venezuela, en la década de los setenta (uno que apoyaba la guerrilla venezolana y dos, desde la distancia, contra la España de Franco, libros que por cierto aquí se desconocen) y otros dos en Costa Rica relacionados con la historiografía del país, al margen de poemas dispersos en revistas. Estos libros venían a englobarse en lo que él más tarde, hablando de su obra, me definía como “poesía de uso”, la de urgencia, la expresa y necesaria, la de denuncia, la que actuaba directamente contra la cruda realidad sociopolítica, allá y acá, asunto con el que él siempre estuvo comprometido… Todo lo demás, las respuestas a estas interrogaciones, la verdadera dimensión del poeta Antidio Cabal, me llegarán después de encontrarme, aquel día cualquiera, en una librería cualquiera, así de sopetón, con Campo nublo. Campo nublo era el primer indicio, la primera pista… Su trayectoria poética no es nada convencional, igual que tampoco lo fue su propia vida.

Antidio Cabal en 1969, Caracas, Venezuela

Antidio Cabal en 1969, Caracas, Venezuela

KR: —Veo que teníais varios intereses en común, la poesía, la filosofía y Costa Rica, ya que tú mismo eres canario, poeta, profesor de filosofía y acabas de publicar una antología de poesía costarricense.  Imagino que eso también haya influido para que hoy en día tú estés al cuidado de su obra. ¿O fue por otros motivos?

AJP: —Todo lo que señalas nos era común, excepto Costa Rica. Mi vinculación con Costa Rica viene a través de mi posterior amistad con él… Verás. Tras descubrir Campo nublo yo no paro en buscar por todas partes la dirección postal del autor que aparecía impreso en su portada. Nunca había hecho algo así, un comportamiento ajeno a mi persona. Y la conseguí. Quería escribirle, no sabía por qué ni para qué, no sabía bien qué decirle, cómo presentarme, pero el comienzo de aquella primera carta ya me delataba: “Querido Antidio Cabal: perdone la confianza, pero entenderá a lo largo de esta carta el motivo de mi total aprecio hacia usted”. Con este comienzo, cualquiera puede imaginarse ya el contenido. La sorpresa vino después, al recibir un paquetito procedente de Costa Rica conteniendo dos o tres libros acompañados de una carta como respuesta. Entre otras cosas me daba las gracias por mis palabras sobre Campo nublo, llamándome la atención una frase literal entre sus amables palabras: “yo no escribo más que garrulerías”. Me quedé pasmado. Al leer esos otros libros empecé a preguntarme de dónde había salido este hombre, cómo es que siendo canario yo careciera de datos. Y atendiendo a sus fechas de edición descubro lo más sorprendente: el primero había sido editado en Costa Rica en 1997 –Poesía y Error es su título, muy sintomático- y en su prólogo aclaraba que en él se incluían sus primeros poemarios de juventud, datados en la década de los cuarenta. Los otros, luego. Mosqueado, tomo el libro que tenía en casa de Campo nublo para entender cuál era el juego de estas publicaciones, si es que había alguno.

Sorpresa tras sorpresa: su escritura original databa de 1956. Comprendí entonces que a partir de 1997 había decidido publicar su obra más personal, libros que se apartaban de la temática sociopolítica. Pero para asegurarme le volví a escribir, preguntándole esta vez a qué se debía esto. La respuesta fue aplastante: “Escribir y no publicar lo necesitaba, me bastaba la exudación: necesidad cumplida. No presumo de ello: simplemente me ocurría. Si me hubiera muerto, yo habría quedado cumplido. De todas maneras, la poesía no ha pasado de ser en mí -en alta medida- un sentido más, y publicarla, dejarme fotografiar… Ahora estoy en pose”. Fue una gran lección, de cómo un poeta es capaz de guardar lo que escribe desde su juventud y decidirse a publicarla tantas décadas después.  Si te digo la verdad, Aníbal, yo me quedé extraviado, haciéndome comprender que lo que yo escribía no valía para nada, que no tenía valor alguno. Tanto fue así que busqué la manera de traer a ese hombre a España, como que todo el mundo supiera de él. Y lo conseguí. Conseguí que lo invitaran a un Encuentro de Poesía en Tenerife, de convocatoria anual, al que acudían otros poetas nacionales e internacionales. Aunque no recuerdo el año exacto, sí sé que leyó junto a Antonio Gamoneda, con quien pronto trabó amistad y se convirtieron en cómplices. Para resumir, también entre él y yo hubo mucha afinidad personal, más de la cuenta. De hecho, nuestra amistad perduró a lo largo de los años y hubo épocas en que venía y se quedaba en mi casa. Pero las sorpresas no terminan aquí. En mis conversaciones con él sale a relucir que tiene más libros, que la cosa no acababa con esos libros que me había enviado, que mantenía inéditos muchos más, escritos en años posteriores hasta la actualidad. Es más, que seguía escribiendo. Entonces le propuse la idea de encargarme de publicar su obra completa en España, ordenada por fechas de escritura, incluyendo esos que había empezado a publicar en Costa Rica. Así, la colección constaría de 30 volúmenes. Tratándose de un proyecto fuera de serie, alejado de la normalidad, y consciente de que nadie aceptaría un proyecto de estas dimensiones y para colmo de alguien que en España no se sabía nada, hice uso de una editorial canaria, pues me facilitaría las cosas. Y así fue. Ahí se publicaron los once primeros títulos, yéndose al traste -nunca he sabido bien por qué razones- la continuidad de la colección. En mi afán de difusión, me atreví a enviar la nueva versión de Campo nublo a un blog de crítica literaria duro de pelar muy conocido en España. Este fue el resultado. Yo tampoco era nadie para que me hicieran caso, primaba mi fervor, esto sucedió sin trampa ni cartón. Yo suponía que cualquiera que conociese el libro no podía quedar indiferente, fuera quien fuese su autor. Y tuvo su repercusión inmediata, su nombre y su obra empezó a rular por todas partes, y hubo escritores importantes que le prestaron atención y comentarios… Ahora comprenderás por qué te he pasado este libro suyo, EPITAFIOS. Era uno de los que quedaron en suspenso de edición en la prevista segunda tanda que seguía a aquella primera de su obra completa. No sé por qué supuse que te podía interesar. EPITAFIOS me pareció un libro que podía cuadrar con la onda poética de tu línea editorial. Y así me lo manifestaste cuando lo leíste, sin reparos. Y eso que tú tampoco sabías nada de Antidio Cabal. Pero es que en Antidio Cabal manda su obra misma y no sus secretarios. Eso sigo pensando a fecha de hoy. Sigo, después de fallecer en Costa Rica el pasado 30 de octubre de 2012, a su disposición, manteniendo mi fe en su obra, en la que tanto creí desde que leí y me turbó la primera de sus páginas, la del hombre aquel que durante su vida siempre se preocupó de los demás, de difundir lo que escribían los demás.

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Antonio y Antidio: dos hombres y una (misma) biblioteca.

KR: —Pues sí, la verdad es que con EPITAFIOS hubo amor a primera vista. Y cuanto más lo leo, más me gusta, más se desdoblan las preguntas: ¿quiénes son todos esos personajes? Porque si los muertos de Edgar Lee Masters recrean, mediante sus epitafios, la vida social (y privada) de los habitantes de Spoon River, estos de Antidio… ¿de dónde vienen? ¿Qué representan como conjunto? Quizás sean desdoblamientos, como heterónimos que varían según el modo en que el autor se podía imaginar a sí mismo frente a la muerte, y de allí esa mezcla de preocupaciones metafísicas con otras bastante más pedestres… ¿Cómo lo ves tú?

AJP: —Me parece que este libro de Antidio Cabal viene a ser una singularidad dentro de la totalidad de su extensa obra, édita e inédita. Quizá sea el propio título del libro, EPITAFIOS, el que nos lleve a la tentación de querer compararlo, iluminar el de Antidio Cabal desde el de Edgar Lee Masters, aunque tampoco sea una mala idea. Si así nos lo proponemos, pronto nos daremos cuenta de que no tienen nada que ver excepto en su apariencia, que el tratamiento no es el mismo, como los propios difuntos tampoco los mismos o los propósitos los mismos. Son dos cementerios distintos. A mí me parece, a la luz de toda la obra de Antidio, y teniendo en cuenta  el meollo sobre el que gira, que, cualquiera sea el recurso que use para expresarse poéticamente, dentro anida una repetitiva obsesión, una estrategia filosófica que incluye a la misma imposibilidad de la posibilidad del conocimiento, esa extraña coincidencia no matrimoniada. Mientras Masters se regodea en el elemento personificado y cada epitafio se presenta puntual y replegado en sí mismo, documentado, en Antidio el epitafio no viene a ser más que un truco para abordar una vez más, y de manera completamente diferenciada que en el resto de sus libros, el mismo tema que impera y reina en todos ellos: el del conocimiento y sus trampas, admitiendo la trampa como un modo de conocimiento más. Es la primera vez que Antidio Cabal lleva al extremo el sarcasmo para configurar un libro, la burla filosófica, la ironía como arma poética. Si en Masters el cementerio es local, en Antidio es espacial; si en Master los muertos tienen nombres propios, en Antidio además de nombres atrabiliarios tienen alias, por los que son más identificables, aportándole a cada epitafio un grado de significación que va más allá de la aldea, del lugar concreto, del muerto mismo y sus circunstancias personales. No creo que sean heterónimos del autor; en todo caso, más bien heterónimos del conocimiento, de los procederes insuficientes del conocimiento. Los epitafios en Antidio Cabal tienen dos caras, dos lecturas: una visible y apegada a la página y otra invisible y fuera de ella. Es decir, una que consigue engatusar, las más de las veces, al lector, consiguiendo incluso alguna sonrisa por su parte, y otra que no reside en el mismo poema, sino lejos del estallido irónico, más allá de su apariencia juguetona, y por tanto fuera del poema. Como una bomba, dos tiempos: primero explota, luego es su onda expansiva la que se encarga de arrasar con todo lo que esté a su alcance. Unos se quedarán con la primera lectura, la más fácil; los más exigentes se quedarán con ese otro trasfondo que ni se ve ni se palpa sino que se oye en alguna parte incierta, tal vez en ninguna, con lo cual la complejidad está servida y muy bien servida. Antidio nunca creyó que entre lo metafísico y lo pedestre hubiera distancia alguna. Así que el cementerio donde están inscritos sus epitafios no está ubicado en ninguna aldea… A lo mejor, quizá, puede, es posible que en Spoon River; pero cuando Spoon River, con el paso de los años dejó de ser Spoon River. Entonces sí que ambos libros compartirían algo común.

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KR: —Antonio, para finalizar, tú que has trabajado tanto para divulgar su obra, ¿crees que la poesía de Antidio Cabal pueda venir a ocupar un lugar central en la poesía española del siglo XX o que quizás por su propia capacidad de desconcertar se mantenga como un secreto bien guardado, un escritor de culto, como se suele decir? En todo caso, ¿qué suerte desearías que corriera su trabajo poético en términos de recepción crítica?

AJP: —No creo que su poesía logre ocupar un lugar central en la poesía española. Y no lo creo porque en España las clasificaciones de los poetas están regidas por generaciones cerradas, elaboradas predominantemente con nombres mediáticos e influyentes en vida, no necesariamente por su obra, lo que enquista tal posibilidad. Tales generaciones no admiten advenedizos, mucho menos a alguien que rompa el molde poético perfecto con que han sido confeccionadas.  Y ya lo sabemos, jugando con el dicho popular el que se va de España y encima no publica a tiempo pierde su silla… ¿Pero en qué consiste ocupar un lugar central en la poesía española, qué tanto de extraordinario hay en sus cánones al uso?, ¿qué hay tan interesante en ese centro que no sea fácilmente superable por los no admitidos? Hay muchos casos que claman al cielo. ¿Alguien me puede contestar a esto? Además, Antidio Cabal ha tramado su historial como ha querido, y entre querer y querer como ha podido. Se ve que mucho no le importaron estos temas relacionados con la pertenencia a un lugar. Ni quiso estar allí ni quiso estar aquí. Él mismo es su centro. Esta fue su respuesta en una entrevista que le hice sobre algo semejante a lo que me planteas: “Yo creo que un poeta nace, pero que si no se hace es inútil nacer poeta. Ahora bien, el hacerse no tiene por qué sentirse obligado a la pasantía de un grupo o un ismo, salvo que él como individuo sea un ismo, pero no una escuela. Me explico, Góngora no es gongorista, Catulo no es catulista, y hasta yo, Antidio, no soy antidista. Soy un poeta malo, regular o bueno. Yo no quiero valer porque me destaque como un poeta de los trigos del sur o de las flores del cerezo. Es decir, que no quiero destacarme como poeta de un ismo, sino como poeta que vale o no vale”. Así que son los lectores de su obra los que tienen la última palabra; y los críticos, sobre todos los oficialistas, una oportunidad más de enmendar sus desvergüenzas. La pócima queda servida.

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Antonio: y nuestro agradecimiento a él.